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A Juan Pablo II
De
todos los títulos que se conceden en el mundo
uno de los más hermosos es el de Pontífice,
que quiere decir literalmente: Constructor de puentes.
Un título que reciben todos los obispos y, especialmente,
el Papa. Un título que pueden recibir todas las
personas con el corazón abierto.
¡Hay tarea más bonita que la de tender
puentes hacia las personas! Sobre todo hoy, tiempo en
el que abundan los constructores de barreras. En un mundo
de zanjas y límites, ¿qué mejor
que entregarse a la tarea de superarlas?
Hacer
puentes (y, sobre todo, hacer de puente) es tarea muy
dura, y que no se hace sin mucho sacrificio. Para mí un puente, por de pronto, es alguien fiel a
dos orillas, pero que no pertenece a ninguna de ellas.
Así, a un Papa, se le pide que sea puente entre
Dios y los hombres; que sea ese mediador y transportador
de una orilla a otra.
No
pertenece a ninguna de las dos orillas, pero ha de
estar firmemente asentado en las dos. No “es” orilla,
pero sí se apoya en ella, depende de ambas. Ser
puente es renunciar a toda libertad personal. Sólo
se sirve cuando se ha renunciado.
También me parece que sale caro ser puente. Me
refiero a que se da mucho más de lo que se recibe.
Un puente es fundamentalmente alguien que soporta el
peso de todos los que pasan por él. La resistencia,
el aguante y la solidez son sus virtudes. Cuenta menos
la belleza o la estética; cuenta, sobre todo,
la capacidad de servicio, su utilidad.
Un
puente ha de ser hacia los demás.
Y para esto ha de amar. No se puede amar sin convertirse
en puente, es decir, sin salir un de uno mismo. Los
que aman son lo que olvidan sus propias necesidades.
¡Qué gran oficio el de ser puente, entre
las gentes, entre las ideas, entre las generaciones!
El mundo dejaría de ser habitable el día
en que hubiera en él más constructores
de zanjas que de puentes. ¡Bendito oficio el de
ser puente entre personas de diversas ideas, creencias,
países, edades o criterios! ¡Feliz la casa
que tiene un puente hacia el mundo y hacia Dios!
Yo
vivo en una casa en la que he conocido a una persona
que encarnaba, de la mejor de las maneras, esta vocación
de puente. Él nos mostró el camino certero
hacia la eternidad, las verdades de la fe. Nos enseñó a
vivir el Evangelio. El valor de la oración. La
confianza plena en la Misericordia de nuestro Creador.
A no tener miedo de proclamar el Evangelio. Por último,
al final de sus días, nos enseñó a
morir con la dignidad de los hijos de Dios. Sereno. Abandonándose
en las manos del Padre. Aceptando en todo su santa voluntad. ¡Y
fue un puente muy querido! ¿Sabes por qué?
Porque era autentico. Vivía lo que decía.
Fue un mensajero de la Paz. Defendió contra las
corrientes del mundo, la santidad del matrimonio entre
un hombre y una mujer, la dignidad de la vida desde su
primer momento. Nos mostró con sencillez las verdades
de la fe, lo que Dios espera de nosotros. No tuvo miedo.
Proclamó la verdad.
Se
llamaba Karol Wojtila y nos dejó hace
una semana.
Jesús
Navarro Ortiz. Seminarista
Para
el programa de la Iglesia Católica "Camino, Verdad
y Vida" de Radio Horizonte. Domingo día 10 de abril
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