Historia

CAPITULO XXVIII

LOS ASUNTOS DE LA IGLESIA DE SANTA CATALINA ENTRE LOS AÑOS 1560 Y 1.570

L El correcto cumplimiento de los deberes religiosos de los vecinos de La Solana, fue una de las preocupaciones fundamentales de su Ayuntamiento, y para evitar que la gente eludiera dichas obligaciones, cuando el 26 de noviembre de 1562, los oficiales de la localidad hacen unas ordenanzas para el buen gobierno de la villa, entre otras disposiciones, incluyen tres que tratan sobre ello, y qué mejor forma de hacer que las personas cumplan con sus deberes, que aplicar penas pecuniarias a los incumplidores.

Las ordenanzas incluyen que “qualquier persona que quebrantare fiestas de domingos, pascuas, dias de Nuestra Señora, Apostoles, dias de Santos questa villa tiene boto de guardar”, incluyendo los que habiendo salido a trabajar el sábado con carros o bestias, vuelvan el domingo después de la salida del sol, deberán pagar una pena de dos reales, de los cuales se entregará uno a la iglesia y el otro para “la persona que lo demandare”, en un claro intento de que los infractores fueran denunciados, incentivando así la delación. Asimismo, todas las personas que “esten por las calles holgando y haciendo otras cosas”, mientras tiene lugar la misa mayor o bien salgan de la iglesia antes de que ésta concluya, tendrán que pagar una multa de un real para la iglesia, mientras que aquellos que las fiestas de guardar participen en juegos prohibidos, además de la pena que les corresponda, deberán pagar otros cuatro reales(1).

La capellanía de Juan Pardo, instituida en 1544 y de la que ya hemos hablado, vuelve a encontrarse a comienzos de 1564 sin un capellán a su cargo, tal y como le ocurrió en 1550, y al notar el Concejo que “al presente no se dizen misas de la dicha capellania”, teniendo un caudal superior a los dieciséis mil maravedíes, ordenaron que se dieran cuatro mil maravedíes a tres capellanes de la villa, con la obligación de decir dos misas por semana por el alma de Juan Pardo, hasta que se gasten los cuatro mil dados a cada uno, teniendo en cuenta que cada misa salía por un real (34 maravedíes) de limosna, con lo que tendrían fondos para decir misas por un tiempo superior al año, ordenando al depositario de los fondos de la capellanía que entregase inmediatamente la mitad de los cuatro mil maravedíes indicados a los capellanes, mientras que el resto sería entregado dentro de seis meses. Con el dinero sobrante se deberá nombrar a una persona que se encargue de proveer a los capellanes de la cera necesaria para dichas misas. Tras la toma de esta decisión de emergencia, la situación de la capellanía se normalizaría en los años siguientes, así vemos cómo el 21 de julio de 1567, se nombra a Alonso López, como capellán “para que diga las misas de la capellania de Juan Pardo”, encargándosele que diga tres cada semana “y se le pague por ello la limosna acostumbrada”, siendo el 22 de marzo de 1572, el elegido para el cargo, Francisco López de Santa Elena.(2)

Una costumbre que se tenía por esos años, era contratar un fraile para predicar durante la cuaresma, y para “su mantenimiento ordinario seria bien proveerle la despensa”, decidiendo que aunque parte de sus emolumentos se le den en especie, el resto se le entregue en metálico: “un tanto en dineros para cada un dia”, habiéndose escogido en 1564, al fraile Francisco, encargando el Ayuntamiento al alcalde Francisco García y a los regidores Francisco López y Francisco Serrano, que “concierten con el dicho predicador” y se le pague lo que ellos acuerden con el fraile(3).

La elección de los cargos de la Iglesia se hace de común acuerdo entre los miembros del Ayuntamiento y el cura de la misma, como vemos en noviembre de 1565, cuando reunidos los oficiales del Concejo “en presencia del señor cura”, deciden nombrar por unanimidad entre todos los asistentes, al padre Juan de Santisteban como sacristán y al padre Francisco Eras, en el puesto de capellán de las ánimas del purgatorio, tras lo cual fueron llamados ambos al ayuntamiento, donde se les comunicó oficialmente el nombramiento para dichos “oficios”, aceptando el puesto los dos, y estampando su firma como conformidad en el libro de actas. El aumento del trabajo en la Iglesia, hará necesario que se nombren dos sacristanes, de forma que el 5 de septiembre de 1568, serán nombrados el bachiller Francisco López, clérigo y Juan Pérez de Monguía, lego, entregándoles a los elegidos cinco llaves: la de la puerta de la sacristía y la de la iglesia, mientras las otras tres corresponden a cajones y cajas de ornamentos. Como se puede ver, se toma una decisión ecléctica para ocupar los dos puestos, nombrando un miembro de cada estado: un religioso y un seglar(4).

Una Provisión Real de 13 de marzo de 1568, confirmará lo anteriormente dicho, declarando que corresponde al Concejo de La Solana, el nombramiento de sacristán para la parroquia, aunque con el asentimiento y beneplácito del cura. Dos días después se dictará una nueva Provisión, en la que se intenta mediar en otro litigio, sobre la percepción y distribución de las limosnas para el sufragio de las ánimas del Purgatorio, indicando que el Concejo debe nombrar personas para recoger dichas limosnas, debiendo entregárselas al cura, para que éste las distribuyese, siendo ello confirmado en otra Provisión Real de 7 de abril, indicando que se mantenga de dicha forma, hasta que se resuelva el pleito que hay sobre dicho tema. El resultado del pleito mantendría las normas dictadas por las provisiones reales, pues el cura de La Solana solicitará el 9 de agosto de 1574, un traslado de dichas provisiones, con la clara intención de asegurar su cumplimiento.(5)

El malestar entre el cura de la iglesia de Santa Catalina, el padre Pastrana, y los miembros del Ayuntamiento serán algo común: el uso que se daba a los capillos es uno de los motivos de disputa, que se mantendrá a lo largo del tiempo, y si en diciembre de 1565, se quejan de que el cura “hace cosas yncovenientes”, porque se lleva todos los capillos que se entregan al sacristán, Juan de Santisteban, y le piden al mayordomo que “tenga cuenta y razon” de ellos, nueve años más tarde el 2 de septiembre de 1574, vuelve a surgir el mismo problema, denunciando los miembros del Ayuntamiento, que el cura “suele llevarse todas las capitas de los niños que se bautizan y se dio concierto con el cura que se llevase la mitad”, con lo que aparece que aunque se había llegado a un acuerdo para repartirse los capillos, el cura no lo cumplía, alegando que era “costumbre ynmemorial” que se quedase la Iglesia con ellos.El problema de los capillos era que luego se vendían y todos querían controlar dicho ingreso(6).

En enero de 1566 hay otro problema sobre las licencias que tienen que pedir las “cofradías de la dicha villa y otras… de las ermitas” para realizar ciertas funciones, como decir misa o poner lumbrarias, volviendo a intervenir el Concejo al ordenar que el procurador vaya a la Corte y “demande las cosas que no conviene a la dicha yglesia”. Las disputas aparecerán por las causas más imprevistas, como es la muerte el 3 de octubre de 1568, de Isabel de Valois, mujer de Felipe II, y las honras fúnebres que hay que celebrar en La Solana. El sábado, 16 de octubre, el Concejo ordena que las honras comiencen al día siguiente, y se digan misas el domingo y el lunes, para lo que se entregarán seis reales a cada clérigo de la villa. El objetivo del Ayuntamiento es celebrar de forma rápida y ostentosa los actos por la muerte de la “Reina Nuestra Señora”, ya que el pueblo se tiene “como muy delantero” siendo una de las principales villas del Partido. Pero estos actos chocarán con los preparativos que tenía hechos el cura Pastrana, para la celebración de San Lucas, el 18 de octubre, teniendo la iglesia engalanada para ello, lo que provocará el enfrentamiento. Ante las críticas del Concejo, el cura indica que el no impide celebrar las honras de la Reina, sino que al realizarlas con tanta premura no se celebrarán como se merece, a la vez que se mezclarán “las onrras de la Reina y el Evangelista”, a pesar de lo cual el Concejo impondrá su criterio, indicando que se celebren las honras por la reina muerta como están ordenadas y se pregonen por el pueblo(7).

Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II, murió a los veintidós años, a consecuencia de un aborto, cuando se encontraba embarazada de cinco meses.Las honras por la muerte de un miembro importante de la Monarquía hispana, como era este caso, consistían sobre todo en actos religiosos y misas, a las que acudían el clero local, los oficiales del Ayuntamiento, las cofradías y las élites locales. En algunas poblaciones importantes se hacían trajes de luto y se erigía un catafalco(8), como en Albacete, donde en los actos por la muerte de Isabel de Valois, Pedro de Villanueva(9) levantó uno. Los gastos ocasionados por estas honras eran asumidos por los ayuntamientos, como podemos ver en La Solana. Los escritores de la época escribieron elegías en honor de la reina muerta, como Miguel de Cervantes, que todavía en su juventud realiza varias composiciones poéticas (un soneto, cuatro redondillas, una copla y una elegía) que fueron incluidas en una obra conmemorativa realizada por su profesor, Juan López de Hoyos.

El Concejo de la Parroquia indicó que se celebrara las honras por la reina Isabel muerta como estaba ordenado y se pregonará por el pueblo.

 

Por otro lado las obras seguían siendo una de las cuestiones más importantes que tenían lugar esos años, en la iglesia de Santa Catalina, como venía siendo normal en las últimas décadas, siendo muchas las necesidades que había que atender, como era la construcción de la torre, como hemos visto en los dos capítulos anteriores, aunque no era la única, pues había que atender varios frentes a la vez.

La realización de la tribuna, proyectada a finales de los años cuarenta, y comenzada a construir en los cincuenta, era otra de las prioridades, aunque la utilización de una importante suma de dinero para hacer la torre, había provocado el retraso en su construcción, si bien al estar solventado el pleito para finalizar la torre, se vuelve a insistir en la necesidad de hacer otras obras, por lo que el uno de septiembre de 1570, muestran su preocupación por la obligación de “hazer una tribuna en la dicha yglesia y que della ay muy pronta necesidad es menester comprar luego madera ya bieja destar proveydo lo susodicho”, aunque para hacer las gestiones necesarias se encuentran con un grave problema: no se ha proveído el puesto de mayordomo de la iglesia, lo que está provocando que no haya nadie que “beneficie los bienes de la yglesia”, y que no obtengan ingresos pues no hay encargado de cobrar los alcances, mientras que las tierras de la iglesia se encuentren sin apear, lo que está restando importantes ingresos en un momento en que son muy necesarios. Para subsanar este grave problema, los oficiales del Concejo “ordenaron e probeyeron que de oy en adelante sea mayordomo de la dicha yglesia por todo el tiempo que otra cosa se mande y probea Juan Diaz de Alexo Lopez, vecino de la villa”, encargándole que ponga orden en las cuentas de la iglesia y comience las gestiones necesarias para terminar de construir la tribuna(10).

La tribuna se construirá definitivamente en los primeros años de la década de los setenta, siendo los maestros que la realizan: Maese Domingo y Gregorio de Arjeola, pensando María del Pilar Molina que dicho maese Domingo podría identificarse con el maestro genovés del mismo nombre, que estuvo trabajando en el Palacio de Viso del Marqués entre los años 1570 y 1572(11), aunque habría que tener en cuenta que Maese Domingo desempeñó el cargo de maestro de obras, mientras que el maestro mayor de carpintería era el también genovés, Maese Alberto(12), especialidad más apropiada para la construcción de una tribuna de madera, como era la de La Solana.

Pies de la Parroquia de Santa Catalina donde estaba la tribuna de Madera construida a finales de los años 70 del siglo XVI

 

 

Otro problema constructivo que se va a tratar en febrero de 1573, es que todavía no se ha completado del todo la bóveda, provocando este retraso los problemas de finalización de las obras de la torre; una vez solventados éstos se ordena que “la bobeda de la iglesia que se acabe”, reparándose todo aquello que sea necesario, y así rematar de una vez los trabajos en el cuerpo de la iglesia, que se encuentra en este momento prácticamente terminado(13).Al estar finalizada la construcción de la torre, habrá un elemento que hasta ese momento no se había tenido en cuenta: una buena campana.

El 7 de mayo de 1566, se observa que la iglesia no tiene más que una campana y pequeña, por lo que aprovechando que hay en la villa un oficial que sabe hacer campanas, los miembros del Concejo hacen llamar al bachiller Mexía(14), teniente de cura, indicándole la necesidad de hacer una campana nueva, pudiendo aprovechar la oportunidad de hallarse en La Solana un oficial que puede hacerla, a lo que responde éste que está totalmente de acuerdo con dicha propuesta.Ese mismo día se entra en negociaciones con dicho oficial, que se llamaba Juan de Calatrava, llegando a un acuerdo por el que se comprometía a hacer una campana de quince quintales, obligándose a tenerla acabada en cuarenta días, debiendo dar el Concejo los materiales necesarios y pagar entre seis y doce reales por cada quintal que tenga el maestro que fundir. Juan de Calatrava se compromete a mezclar el metal para la campana y “que sea bueno e aderesçar dicha campana buena y sana”, y en el caso de que se quebrase debería rehacerla a su propia costa(15).

Aunque la atención se debía centrar en las obras de mayor enjundia, no por ello se olvidaba la renovación de los ornamentos, necesarios para la correcta celebración de las funciones propias de la parroquia.

En marzo de 1571, al pedirse que se compre una campanilla “que sea de dos reales, poco mas o menos” y de un vaso de plata “para el altar quando comulguen”, se decide que el mayordomo de la iglesia, acompañado de una persona experta en ello, vayan a Toledo para comprar dichos ornamentos, al tiempo que se ordena que vendan los ropajes y utensilios que no se utilicen o no tengan alguna función y que el mayordomo de cuenta y razón de lo que se hubiera vendido(16), en un claro intento de conseguir fondos, para cubrir al menos parte de los gastos necesarios.

La iglesia por tanto iba dotándose, poco a poco, de todos los elementos necesarios, contando con un órgano desde mediados del siglo, por lo que se contrataba todos los años un organista, cuyo nombre y salario conocemos al ser citado en septiembre de 1567, cuando es renovado en el cargo. El organista era Juan Pérez de Monguía, que cobraba tres mil maravedíes anuales por su labor(17).

NOTAS.

1.ARCHIVO HISTÓRICO MUNICIPAL DE LA SOLANA (AHMLS). Libro 10. Libro de acuerdos del Ayuntamiento de La Solana (1561-1575). Acuerdos de 26 de noviembre de 1562.

2.Ibídem. Acuerdos de 21 de julio de 1567 y 22 de marzo de 1572.

3.Ibídem. Acuerdos de 19 de febrero de 1564.

4.Ibídem. Acuerdos de noviembre de 1565 y 5 de septiembre de 1568.

5.ARCHIVO HISTÓRICO NACIONAL (AHN). Sección Consejo de Órdenes Militares. Uclés. Carpeta nº 51.2.

6.AHMLS. Libro 10. Libro de acuerdos del Ayuntamiento de La Solana (1561-1575). Acuerdos de 17 de diciembre d 1565 y 2 de septiembre de 1574.

7.Ibídem. Acuerdos de 16 de octubre de 1568.

8.El catafalco es un túmulo o armazón de madera, vestida de paños fúnebres y otros elementos de luto, muy elevado y adornado con magnificencia, que se sitúa en los templos, para celebración de exequias u honras solemnes.

9.SANTAMARÍA CONDE, Alfonso: “Sobre las fiestas de Albacete en tiempos de los Austrias” en Cultural Albacete nº 11, I época. Albacete, 1987.

10.AHMLS. Libro 10. Libro de acuerdos del Ayuntamiento de La Solana (1561-1575). Acuerdos de1 de septiembre de 1570.

11.MOLINA CHAMIZO, María Pilar: “Un ejemplo de la evolución arquitectónica religiosa en el territorio santiaguista del Campo de Montiel: la iglesia parroquial de Santa Catalina (La Solana)” en Las Ordenes Militares en la Península Ibérica. Edad Moderna. Universidad de Castilla-La Mancha, Cuenca, pág. 1541.

12.BALLESTER ESPÍ, Joaquín: La pequeña historia del Viso del Puerto. Ediciones Muradal. Viso del Marqués, pág. 60.

13.AHMLS. Libro 10. Libro de acuerdos del Ayuntamiento de La Solana (1561-1575). Acuerdos de 17 de febrero de 1574.

14.El teniente de cura era el segundo dentro del escalafón de una parroquia, que auxiliaba al cura en sus funciones y lo sustituía en sus ausencias.

15.AHMLS. Libro 10. Libro de acuerdos del Ayuntamiento de La Solana (1561-1575). Acuerdos de7 de mayo de 1566.

16.Ibídem. Acuerdos de 4 de marzo de 1571.

17.Ibídem. Acuerdos de septiembre de 1567.